“Se fueron las nubes, paró el viento y arrancó la fiesta”, tiró el Mono después que sonaron los últimos acordes de El Albañil, canción que abrió el set. Los nubarrones seguían, el viento había mermado algo, pero lo que sí era completamente cierto era el comienzo de una gran fiesta que se prolongó por algo más de una hora. Kapanga nunca había tocado en Arenabeach , sí lo había hecho en la vieja Beach de Rock & Pop, pero no en este lugar que ya tiene varias temporadas encima. Quedó claro (algo que se podía presumir también) que se convirtieron automáticamente en un imprescindible para este tipo de citas.
- Todavía no pasó un año desde la última vez que la banda desplegó su arte sobre un escenario local. Con el recuerdo de aquella actuación aún fresco en la memoria, Stone Temple Pilots volvió a presentarse en el Luna Park.
Más no se podía pedir. Tras sus dos presentaciones en 2005 marcadas a fuego en la memoria de todos, sumado a este año de aniversario que incluyó la salida del disco Live on Ten Legs, la creación de su propio festival, el excelente documental que repasa sus dos décadas de historia y la extensa gira que –afortunadamente- los trajo nuevamente para este lado; la expectativa era grande, demasiada. Y una vez más, no sólo estuvieron a la altura, sino que la superaron con creces. Pearl Jam ofreció anoche en el Estadio Único de La Plata un show de extrema calidad, como pocas bandas pueden hacerlo. Fueron treinta y tres canciones repartidas en tres horas de recital en la que repasaron buena parte de su discografía, homenajearon a algunas de sus influencias y demostraron cómo se puede crecer y transformarse sin perder la esencia original hasta convertirse en uno de los grupos más importantes de la actualidad.
Están allá arriba, en el Olimpo metalero. Son parte de The Big 4, escribieron una página en la historia de la música y acá siempre van a encontrar fans incondicionales que van a estar ahí para escucharlos y agitarla hasta reventar. Por todos esos motivos no es fácil ser objetivo, dejar la pasión de lado y relatar qué pasó en los shows de Megadeth en el Malvinas.
Pensar en Interpol como el gran cierre de un ciclo gratuito en el que al cabo de tres jornadas (Jane´s Addiction, IKV y esta fecha) pasaron algo así como 40 mil personas fue a priori una movida arriesgada. Pero con el hecho consumado, hay que destacar el acierto de los organizadores que convocaron más de 10 mil personas en el Anfiteatro de Costanera Sur a pesar de que los neoyorquinos vienen de presentar su cuarto disco de estudio -el más flojo de su carrera- que lleva el nombre del grupo como un intento de refundación tras la salida de Carlos Dengler, bajista originario. Será por eso que apenas decidieron tocar cuatro de ese álbum: Success, que dio inicio al recital, Barricada, Lights –el primer corte- y Memory Serves y concentrarse más en sus primeros dos trabajos. Aunque también hicieron una gran y festejada versión de The Heinrich Maneuver de Our Love To Admire.
Un encuentro entre dos grandes, así se puede definir lo que pasó en el Malvinas en el show de Faith No More. La banda deslumbró, sin lugar a dudas. Pero ese no fue el único protagonista de la noche, porque el público no se quedó atrás. Por momentos parecía que ni aunque el grupo comandado por Mike Patton cantara su discografía completa esa fiera iba a calmarse.
Había quedado un sabor bastante amargo entre los fanáticos desde la primera visita de The Strokes a nuestro país. Por aquel entonces el sonido fue un espanto, el grupo estaba probando cómo quedaban algunas canciones que luego formaron parte de First Impressions of Earth y para rematarla, el frío. Todo eso que sumó en contra allá por 2005 desapareció por completo en este show. Esta vez la banda se lució, sonó ajustada y -para qué decir una cosa por otra- la rompió.
Cesó la lluvia y empezó la fiesta. Beady Eye subió al escenario y trajo con si el mejor britpop que puede existir en el planeta tierra –por lo menos después de la disolución de las bandas más grandes del género como Blur, Oasis y The Verve-.
Bien puntual, haciendo gala de la cultura inglesa que pregona seguir el horario al pie de la letra, el cuarteto comandado por Liam salió al escenario y demostró en algo así como cuarenta minutos porque logró lo que logró como frontman de Oasis.
Hay ciertas cuestiones que uno no puede dejar de lado y que nunca hubiera creído que hubiesen cambiado de una persona como Liam Gallagher. Frio como un témpano de hielo. Distante como si tocara para unos marcianos que no conocen nada de su música. El menor de los hermanos más famosos de Inglaterra se limitó a cantar y presentar sus nuevos temas. Nada más y nada menos. Y no le exigimos más porque con eso basta. Es la realidad, el tipo con su voz te transporta a la edad dorada del britpop y por un largo rato no te querés mover de ahí.
Y cuando todo está listo para arrancar una fiesta con mucho glamour, color y cotillón, una lluvia incesante hace que todos esos preparativos sean en vano, al menos en el inicio de la primera jornada del Personal Fest. Corridas para protegerse del agua, varios resignados y las bandas que tocaban en el escenario más chico de los cuatro que presenta el festival como principales beneficiados al ser el único Cubierto (está en la cancha de basquet) y elegido por la mayoría para aguantar el temporal. Así como también los múltiples stands que hay por todo el predio (telefonía, comidas y otros de marcas que sponsorean). Una verdadera pena porque la sede San Martín del Club GEBA presenta una buena cantidad de atracciones además de un line up extenso (acá se dice así, cuando es más rockero es grilla), como un samba y un inflable para bailar y saltar mientras se espera por Beady Eye y The Strokes, las perlitas de la noche.Y una noche volvieron. Después de la cancelación del año pasado a último momento hacía falta una revancha como ésta. No sólo para el público que esperó ansioso el retorno de la banda de rock and roll más grande de Estados Unidos, sino para el mismo grupo que quería demostrarnos que –¡a los 60 años!- todavía sigue rockeando.
Unas 40 mil personas colmaron el Estadio Único –esa nave espacial de La Plata que últimamente se está transformando en el epicentro de todos los shows de rock del país- para ver de cerca a estas leyendas del rock, que gracias a su carisma y energía, lograron en poco más de hora y media repasar sus cuarenta años de carrera y regalarnos a todos los presentes los más recordados y añorados hits.
Por si algún desprevenido no sabía qué podía llegar a encontrarse en el show de Rod Stewart, el nombre de la gira despeja cualquier tipo de dudas. The Hits se llama el tour que lo trajo, una vez más, a nuestro país. Así que cumpliendo al pie de la letra lo que anunciaba de ante mano, la noche fue una catarata de canciones mega conocidas.
- Para variar un poquito, esta vez la nota no la escribió ninguna de nuestras destacadas plumas. En cambio, invitamos a un fanático de Deep Purple a que fuera a ver el show y que contara con propias palabras que fue lo que vivió como fanático. Así que acá los dejamos con el relato de Andrés Campos. Que lo disfruten.
Toca Eric Clapton, sobran las palabras. Cualquier cosa que digamos de esta leyenda viviente del rock y el blues será remanido y redundante. Qué decir que no se haya dicho antes de sus cualidades y virtudes a la hora de empuñar su Stratocaster y hacerla sonar como nadie. Diez años después de su última presentación en la Argentina, volvió a desplegar su enorme talento como guitarrista y cantante en el escenario de River, convertido en un gran teatro para 45 mil personas.
“Qué buena noche. ¿Teníamos que venir nosotros?”, preguntó Dante Spinetta. Y si queremos hacer una analogía muy barata entre los días previos de lluvia, cómo se fue despejando la tarde y el regreso de Illya Kuryaki and the Valderramas a los escenarios nos saldría de taquito. Pero eso no va a pasar porque sucedieron cosas mucho más interesantes en el show que dieron en el Anfiteatro de Puerto Madero. Sonaron ajustadísimos, como si no hubiesen sentido la década de pausa, o tal vez fue ese paréntesis la causa primera de la química intacta.
Para poder hacer una crónica de Guns N’ Roses hoy hay que tener en cuenta antes que nada varios aspectos que hacen que éste no sea quizás el regreso más esperado por todos, pero aún así conforme y guste a gran parte –en los que me incluyo- de los que fueron ayer a ver el show en La Plata.
Antes que nada, el Guns N’ Roses original y que todos querríamos ver en vivo ya no existe. Que esa palabra quede grabada en sus cabezas y no le busquen la vuelta porque tanto Slash como Axl no van a volver a juntarse jamás –esperemos que en un futuro pueda decir que mis palabras se las llevó el viento, pero lo dudo mucho- . Y si encima tenemos en cuenta que la otra mitad de la banda no quiere saber nada por el momento de juntarse con Axl, ver a los “verdaderos” Guns es casi una utopía.
Así como ocurrió con Coldplay y Guns ´N Roses, ser parte del Rock In Rio marca un hito en las carreras de los artistas. Bandas que no tienen programadas giras para esta época del año, pero acomodan sus cosas para no perderse el evento. Evanescense lanzará en una semana el tercer disco de su carrera que llevará el nombre de la banda como título. Será una suerte de relanzamiento del grupo tras la salida de algunos integrates y la postergación del trabajo solista de Amy Lee. Y como las energias están puestas ahí, decidieron estrenar varias canciones en este multitudinario show.
Me lo habían anticipado y no se equivocaron: ver a System of a Down en vivo es demoledor, único e incomparable. Un golpe directo donde más duele de la manera más perfecta y a la vez delicada. Eso fue lo que demostraron estos cuatro descendientes de armenios, que es posible tocar 30 temas perfectamente en tan sólo dos horas y conquistar a más de 25 mil personas sin hacer uso de la clásica demagogia rockera.
Tengo que admitirlo, Coldplay me ganó. Y por afano. La verdad que no tenía mucha expectativa por su presentación, a medida que fueron editando sus discos, mi encanto por la banda iba decreciendo. Además, mi recuerdo de su último show en River no era de no haber visto un súper show, normal, nada fuera de serie. Pero sin embargo, esta noche Chris Martin y los suyos me conquistaron, o re conquistaron. Porque ofrecieron un recital completo, en el que pasó de todo. Asumieron el riesgo y tocaron por primera vez ante 100 mil personas seis canciones (sólo se conocen los cortes adelanto) de Milo Xyloto, el álbum que está próximo a lanzarse. Hubo mucha parafernalia (fuegos artificiales, globos amarillos para decorar Yellow, una de las más festejadas del primer tramo del show y el final de In My Place regado con bomba de papelitos por todos lados. Un sonido impecable para una igual ejecución que tuvo al cantante como gran figura de la noche. Martin se ubica del lado de los cantantes ingleses carismáticos, hace de todo, se calza la guitarra (y la revolea por los aires y la hace trizas en el final de God Put A Simle UponYour Face), va al piano, se acerca para cantar con la gente y hasta se animó un solo con la acústica para hacer la delicada Us Againt The Worlds, una de las nuevas.
Si la perfección tuviera nombre se llamaría Metallica. Está claro y no hay más vuelta que darle, cuando esos cuatro monstruos del metal se suben al escenario demuestran en pocos minutos porque son la banda más grande thrash metal del mundo. Y es por eso que fueron los elegidos para cerrar la tercera jornada y primer semana del Rock In Rio 2011, el festival “mais grande do mundo”.
Desde muy temprano, miles de metaleros caminaron el kilómetro y medio que conecta la avenida Salvador Allende con el predio Cidade do Rock para ver a todos sus ídolos juntos en la tercer jornada del Rock In Rio 2011.
Los Red Hot Chili Peppers fueron los encargados de cerrar la segunda jornada del Rock In Rio 2011, y al igual que lo hicieron en su show en Buenos Aires, desplegaron una catarata de hits con los que lograron transportarnos a los años 90. Pero tranquilos fanáticos argentinos, el hecho de que Flea y Chad Smith hayan llegado al país vecino no quiere decir que su show haya sido mejor o más interesante, muy por lo contrario el sonido del grupo californiano dejó mucho que desear y dejó un sabor amargo en el público carioca.
No lo soñé. Caravanas de sombras zombies zigzagueando en seis kilómetros de oscuridad. Lisiados, fieles en sillas de ruedas, laburantes sin nombre, desangelados, pibitas rapaces; familias del camino. No lo soñé, no. Cientos de fueguitos para calentar almas y alimentar sueños de paty, vino y choripan a diez pesos. Una ciudad silenciosa que se monta y desmonta en cualquier punto de la Argentina, solo para asistir por dos horas a esa misa delirante que necesitan para vivir. Como bien describió el gran Alfredo Rosso para referirse a la figura de los Redondos sobre su pueblo: el Estado sustituto. Ese que los embriaga de felicidad y locura con un puñado de melodías y los contiene en la escasez de sonrisas. Disuelto el Estado sustituto, el Indio Solari carga en sus espaldas con la delicada responsabilidad de perpetuar ese estado de gracia tres o cuatro veces al año.
Por Daniel Jimenez Fotos: Jonatan Moreno



