ESCUELA DE ROCK
diciembre 7, 2009
Ya está. Ya pasó. Aquello que parecía lejano hace cinco o seis años se hizo real. Luego del silencio que acompañó a Stiff upper lip (2000), primer disco de AC/DC en esta década y último en casi diez años (hasta la reciente salida de Black Ice, que los trajo nuevamente a Argentina), muy pocos apostaban a que la banda australiana volvería a grabar. Incluso nadie se animaba a afirmar que los hermanos Young se embarcarían otra vez en una gira mundial. Hace unos meses en una entrevista con un medio español, un atrevido periodista le preguntaba a Brian Johnson si le molestaba que algunos pensaran que AC/DC estaba más para un museo que para los escenarios. “¡Qué se jodan!”, respondía el cantante. “Es como el típico tipo que se compra un gran auto clásico, lo tiene en el garage y no lo maneja nunca. Es un desperdicio. ¿Para qué lo tenes, entonces?”.
Después de presenciar los tres shows de River uno puede entender claramente las palabras de Johnson: el tío copado que maneja el taxi, el camionero de voz de lija; la última garganta genuina que le queda al golpeado y confundido rock and roll.
Y, sí. Sería realmente un desperdicio que AC/DC ya no saliera de gira ni grabara discos, aún encontrándose lejos de la cúspide creativa de clásicos como Back in black, Highway to hell, High voltage o Let there be rock y entendiendo que, tarde o temprano, el final llegará. En dos horas de show y a través de una lista de 19 canciones que no se modificó en todo el tour, arribamos a la conclusión: el día que Angus cuelgue la Gibson SG y nos deje para siempre sin las revolcadas a lo Curly; cuando el hermano Malcolm se canse de ser el corazón rítmico de la banda (¡cuánto rock en esa cara, señores!) y los efectivos y sobrios Cliff Williams y Phil Rudd dejen de tirar paredes, nosotros habremos perdido algo para siempre, y el rock and roll deberá replantearse sus próximos veinte años.
Porque muy pocas bandas pueden lograr -en la era del iPod y los discos que se descargan por celular- que cincuenta mil personas revoleen sus remeras al ritmo etílico de un blues monocorde como The jack, y tan sólo un puñado puede dejarnos conmovidos y con la piel erizada con himnos eléctricos sin fecha de vencimiento como Back in black, Whole lotta Rosie, T.N.T., Dirty deeds done dirt cheap, Dog eat dog y Let there be rock, por nombrar algunos.
Amiguitos, la esencia de AC/DC no está en la locomotora, ni en las pantallas, ni en el sonido atronador, ni el la gorda Rosie, ni en las plataformas que se elevan, ni en la campana monstruosa de Hells Bells, ni en los cañonazos de For those about to rock. Eso es cotillón. Necesario, impactante, majestuoso, pero cotillón al fin. Ahí, en cada surco del curtido rostro de Malcolm Young, respira el legado de AC/DC. Ahí, donde no llegan las pantallas, ni la locomotora, ni los fuegos artificiales, se encuentra el espíritu indomable del sucio, viejo y podrido rock and roll. Tuvieron tres largas noches para notarlo. Nosotros, desde aquí, con la garganta rota y el corazón caliente, lo saludamos.
Por Daniel Jimenez Fotos: Santiago Bluguermann Leer másAC/DC nunca te va a fallar
diciembre 6, 2009
¿Y ahora qué pasa con AC/DC? ¿Qué va a ser de nosotros sin ellos? Esperamos tantos años para verlos que después de los tres conciertos uno siente un vacío imposible de llenar. La banda, hermética, solamente habló con su música. Nadie sabe hasta dónde tienen pensando llegar. Tal vez no lo hayan decidido aún, pero más de uno habrá emprendido el regreso a casa satisfecho y, a la vez, compungido. Mientras escribo veo como en el estadio se desinflan las gorritas rojas de Angus que brillaron durante tres noches. Esa es un poco la sensación. Varias generaciones de rockeros se han criado escuchando una y mil veces los acordes de Back in black o Highway to hell. De hecho, venimos de escuchar tres veces seguidas esos mismos temas que forman parte de nuestras vidas. La campana de Hell’s bells todavía cuelga sobre el escenario y trato de retener esa imagen para recordarla cuando vuelva a sonar ese tema. Que AC/DC, esa misma banda que en los setenta y ochenta fuera peligrosa, ahora sea tan predecible, le da un significado diferente a este rock que nos ha acompañado durante tanto tiempo. Ya no importa que Angus Young y compañía se hayan convertido en un espectáculo apto para todo público. A esta altura no espantan a nadie. Cuando nosotros éramos chicos muchos teníamos que esconder las fotos de AC/DC en el colegio. Hoy aquellos profesores que nos censuraron están muertos o esperando la hora final en un geriátrico, asustados, tal vez, por acabar en ese infierno habitado por demonios como Angus. Sin embargo, aquellos alumnos hoy son padres y vinieron a Ríver con sus hijos, que se han hecho fans de la banda sin censura previa, crecieron en absoluta libertad rockera. Por eso AC/DC significa lo mismo y, al mismo tiempo, algo distinto para cada una de las ciento cincuenta mil personas que sacudieron la cabeza sin parar mientras Brian Johnson cantaba Dirty deeds done dirt cheap o TNT, gemas del AC/DC primitivo, que muchos hemos estudiado como piezas arqueológicas.
Como despedida, quiero repetir algo que hemos comentado varias veces al aire en estos días. La última vez que pude hacer una nota con la banda fue en el año 2000, cuando salía Stiff upper lip. Fue entonces que Brian Johnson me dijo que en un mundo que se transforma permanentemente la gente necesita de bandas como AC/DC, grupos que siempre van a sonar igual, viejos conocidos que no defraudan, que cumplen con eso que se espera de ellos. Me quedo con esa reflexión: pase lo que pase, AC/DC siempre va a estar ahí, al pie de los cañonazos porque… ¿Hace falta decirlo? Para aquellos que están en el rock, AC/DC siempre los saluda. Nunca fallan.
Gustavo Olmedo Fotos: Santiago Bluguermann Leer másAC/DC, estoy loco por vos
diciembre 6, 2009Leer más
Pasa todo, se nos pianta un lagrimón
diciembre 6, 2009
Parte de la Religión
diciembre 4, 2009
La cosquilla en el pecho cuando se anunciaron los shows, la locura que agotó las entradas, la arenga en el aire durante un mes y pico, la fecha que se acerca, que vamos a River por primera vez, la batalla por conseguir acreditaciones y pase de foto, los gatos que descarrilan la locomotora y Rock & Roll Train, están ahí, estamos acá, los tengo a un metro de mi cámara de fotos que masacra la tarjeta de memoria y atrás explotan 60 mil; casi que pianto un lagrimón, de verdad. ¡Es AC/DC, mierda! 13 años después, y no se les cae un yeite nuevo pero que me importa. Hay menos pelo y la misma actitud; pisan el detonador y ruedan las cabezas de cuernos intermitentemente rojos que los afortunados consiguieron gratis y los ingenuos pagaron al avivado 25 mangos y más. ¡Back In Black! Angus se sigue acercando y me tengo que agachar para meterlo en cuadro. Si me estiro un poco le manoteo el tobillo, pero pega dos saltos y se va, endemoniado, Gollum con SG negra a compartir su Tesoro con la marea de acólitos que son, somos, parte de la bendita religión del rock & roll. La descarga martilla en los oídos a 105db. En tu cara vecina intolerante, es Whole Lotta Rosie, mi amor, cómo te extrañé. Dios te conserve la mano derecha por siempre, querido Malcolm y que la ponga en la repisa mejor lustrada de los 5 Riffs más grandes del Rock & Roll Hall of Fame, ahí al ladito del demonio de tu hermano y sus solos lacerantes, con filo y nervio, en Let There Be Rock. Cañonazos al cielo marcan el adiós. Se me acaba, se me va de las manos otra vez igual que el miércoles; puta madre por qué no dura más, ya vi dos y me queda uno, pero quiero más. Dame más. Necesito más.
Texto y Fotos: Santiago Bluguermann
Leer másArrancó AC/DC
diciembre 4, 2009
Igual que ayer, a la hora indicada, ni un minuto más, ni uno menos, comenzaron las dos horas de AC/DC en River. El mismo inicio, la misma cantidad de gente, pero mucho más arriba todo, más saltos e incluso más cuernivincha luminosa. Espectacular!Leer más


